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Arrendadores solidarios: «Te perdono el alquiler mientras dure el estado de alarma»

Muchos inquilinos que no pueden hacer frente al pago del alquiler como consecuencia de la pandemia de coronavirus se benefician del gesto generoso de los propietarios.

Carmen tiene 62 años y es propietaria de una vivienda en Toledo, donde reside y trabaja como médico de familia, y de otra en Madrid, un piso en el barrio de Ventas que alquila por el ya de por sí desinteresado precio de 500 euros al mes.

Hace unos días llamó a su inquilina y le dio otra muestra de su desprendimiento.

  • ¿Qué tal estás?, ¿estás trabajando? -preguntó.
  • No, estoy en casa.
  • Pues no te preocupes, no me tienes que pagar ni el alquiler ni el recibo del agua.

«Me dio las gracias y para mí con eso es suficiente. Yo puedo prescindir este mes del alquiler y a lo mejor el que viene también, ya veremos cómo está la situación… No lo necesito y me parece que es lo correcto, lo que debo hacer en estas circunstancias», dice quitándose importancia.

Como Carmen son muchos los dueños de viviendas en alquiler que, al margen de las medidas que ha anunciado el Gobierno para ayudar a quienes no puedan pagar las rentas, dan un paso al frente y le están perdonando a sus inquilinos el pago.

Noelia, de 33 años, casada, madre de dos hijos de dos y cinco años, es una de las indultadas por sus caseros. En su caso no se trata de una vivienda sino del alquiler de un local en El Ejido (Almería), donde ella y una amiga montaron una tienda de moda de mujer a la que persigue la mala suerte. Inauguraron en septiembre y en enero sufrieron un intento de robo que fue abortado, pero se activó el detector de humos y arruinó toda la ropa y la tienda. «Perdimos 10.000 euros en mercancía y tuvimos que invertir de nuevo. Y ahora el coronavirus», se lamenta.

Tras el cierre obligado por la crisis sanitaria, llamaron a los dueños del local para ver qué podían hacer con los 290 euros del alquiler. «Es el único que nos ha perdonado, porque hemos hablado con otras personas y no quieren hacernos el favor de no cobrar», dice antes de enumerar los recibos que sigue abonando: «La alarma, internet, las mercancías, el préstamo, la luz, el agua…».

«Montaron la tienda con tantas ganas… Arreglaron el local, lo pintaron y, ahora que estaban arrancando, el mazazo este… Nosotros sólo hemos aportado nuestro granito de arena perdonándoles este mes», dice el arrendador, Sebastián, quien en realidad habla en nombre de su madre, la verdadera propietaria. «A mi madre le viene muy bien ese dinero para redondear la pensión y nosotros seguimos pagando la hipoteca del local, que nadie nos va a perdonar, pero bueno…», añade.

Silvia, de 60 años, tiene alquilado un piso por 550 euros a una pareja en un pueblo de Tarragona. Los dos han sufrido un ERTE. «La verdad es que salió de mí, los llamé y les dije que abril no lo contábamos y que no se preocuparan por los meses que vienen», cuenta. «Yo tengo que pagar la hipoteca del piso y prácticamente vivo al día, pero ellos están peor que yo y es el momento de arrimar el hombro. Ya tiraremos para adelante cómo sea. Además, tengo dos hijos que viven de alquiler y, de momento, conservan su trabajo, pero si lo perdieran me gustaría que también les ayudaran a ellos».

La siguiente arrendadora nos relata su caso por mensaje. «Prefiero que sea algo anónimo, preservar la identidad e intimidad nuestra y de la inquilina. Es algo que no tiene importancia en estos momentos que vivimos. El dinero se repone y todo lo material también. Hace poco me han salvado la vida en un quirófano, por dos veces, y ahora veo la vida de una manera distinta», escribe.

«Somos un matrimonio de Sevilla y alquilamos una casa a nuestra inquilina, la cual vive sola y regenta su propio negocio, un bar. Mientras dure el estado de alarma está exenta de pagar. Sus ingresos son los que les proporcionen las ayudas estipuladas por el Gobierno. No son muchos, pero tendrá para comer y pagar facturas», continúa la historia. «Más que nunca estamos para ayudar. Me pongo en su lugar y querría que hicieran lo mismo conmigo. Es buena inquilina, jamás me ha pedido nada y cuida la casa como si fuera suya. Se lo debo… La chica se quedó sin palabras y quería devolverlo cuando pudiera. Mi marido y yo somos funcionarios y afortunadamente estamos en mejor situación que ella. No hace falta que nos devuelva nada. Sólo nos importa su bienestar. Tiene poca familia y ninguna ayuda», concluye.

ALIMENTACIÓN O ALQUILER
Elo habla desde Madrid y en representación de su madre, que tiene 85 años. «Mis padres han sido muy humildes, han trabajado mucho para conseguir ese piso y saben lo que es pasarlo mal, por eso tienen esa empatía. Tuvieron cinco hijos y han visto lo que nos ha costado buscarnos la vida, de hecho varios se han tenido que ir fuera de España por las condiciones laborales», dice.

El alquiler en cuestión son 650 euros por un piso en el madrileño barrio de Carabanchel, dinero con el que Lola, la madre de Elo, paga terapias y rehabilitación para su marido, enfermo de párkinson. Lo tiene alquilado a una pareja que vive con su abuela, ciega. «Ellos le han dicho que lo pagarán cuando puedan, pero mi madre no es una persona avariciosa… Si tiene que elegir entre que coman o le paguen el piso, está claro qué va a hacer».

Saca a colación Elo el contraste entre las personas como su madre y la creación, hace 10 días, de la primera Asociación de Propietarios de Alquiler (Asval), nacida para defender los derechos de sus asociados, 30.000 hace una semana.

«No todo el mundo puede permitirse regalar el alquiler, mucha gente tiene que pagar las hipotecas de esos pisos», matiza Paco desde Los Alcázares (Murcia). Él tiene tres casas en alquiler. «En el caso de dos de los pisos, los inquilinos siguen trabajando y les cobro igual. Pero no al tercero, en el que vive una familia marroquí que tiene un puesto de ropa en el mercadillo semanal, y claro, ya no tienen trabajo ni modo de pagar».

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